La ventana de mis ojos

Espacio de una memoria desajustada.


14 enero, 2014

¿Y bien?... Mi mundo no es de esta selva de figurines encorbatados.





Yo no voy a decirte que soy un hombre puro.
Entre otras cosas
falta saber si es que lo puro existe.
O si es, pongamos, necesario.
O posible.
O si sabe bien.
¿Acaso has tú probado el agua químicamente pura,
el agua de laboratorio,
sin un grano de tierra o de estiércol,
sin el pequeño excremento de un pájaro,
el agua hecha no más de oxígeno e hidrógeno?
¡Puah!, qué porquería.

Yo no te digo pues que soy un hombre puro,
yo no te digo eso, sino todo lo contrario.
Que amo (a las mujeres, naturalmente,
pues mi amor puede decir su nombre),
y me gusta comer carne de puerco con papas,
y garbanzos y chorizos, y
huevos, pollos, carneros, pavos,
pescados y mariscos,
y bebo ron y cerveza y aguardiente y vino,
y fornico (incluso con el estómago lleno).
Soy impuro ¿qué quieres que te diga?
Completamente impuro.
Sin embargo,
creo que hay muchas cosas puras en el mundo
que no son más que pura mierda.
Por ejemplo, la pureza del virgo nonagenario.
La pureza de los novios que se masturban
en vez de acostarse juntos en una posada.
La pureza de los colegios de internado, donde
abre sus flores de semen provisional
la fauna pederasta.
La pureza de los clérigos.
La pureza de los académicos.
La pureza de los gramáticos.
La pureza de los que aseguran
que hay que ser puros, puros, puros.
La pureza de los que nunca tuvieron blenorragia.
La pureza de la mujer que nunca lamió un glande.
La pureza del que nunca succionó un clítoris.
La pureza de la que nunca parió.
La pureza del que no engendró nunca.
La pureza del que se da golpes en el pecho, y
dice santo, santo, santo,
cuando es un diablo, diablo, diablo.
En fin, la pureza
de quien no llegó a ser lo suficientemente impuro
para saber qué cosa es la pureza.

Punto, fecha y firma.
Así lo dejo escrito. 


Nicolás Guillén  (Digo que yo no soy un hombre puro)





11 enero, 2014

Jaque imposible a ...



Qué bonito el ajedrez...
Qué espejo el ajedrez,
qué imagen de lo que es
el juego por el dominio
que todavía nos define.
¡Hay que ver!
Dudo qué fue primero
si este reino enloquecido
o el juego del ajedrez...
El caso es que
siempre hay dos bandos (por lo menos)
disputándose el poder.
O sea: la Pancracia...
vosotros ya me entendéis...
Y, si no, a ver:
el rey
(o el presidente del gobierno
o el jefe del soviet
o el generalísimo de los ejércitos...
o el Gran Timonel)...
La reina,
que déjala correr:
cómo se mueve por el tablero
o reino o territorio
o convento
o cuartel...
Las torres, ah, las torres...
¿Os acordáis de aquel pueblo,
el de las Altas Torres?
Altas son todas las torres
o cúpulas o campanarios...
Las Alturas, ya sabéis...
Bueno: y los caballos...
Pues menudo papel
el de los caballos en la lucha
por el poder... O el de los barcos
o el de los tanques
o vete tú a saber...
(«los medios»).
Y los estilizados alfiles
infiltrándose por doquier...
Y los peones... Ah, los peones...
La tropa, ya sabéis,
los primeros sacrificados,
abriendo frente, cayendo
para que el rey
mantenga su poder...
O el presidente de la República...
¡La Pancracia
es un carrusel!
Aún no sé
cómo el inventor de este juego
no contó con la variante
del presidente de la República...
¡Un ajedrez republicano!
¿O es que los republicanos
no luchan por el poder?
Y, hala:
jaque va, jaque viene
¡lo que hay que ver!
Y van cayendo prisioneros,
van recogiéndose los muertos,
piezas fuera del tablero,
fuera de juego...
Hasta lograr que, por fin,
llegue la clave: ¡el jaque mate!
y la conquista del poder.
¡El jaque mate!
(¡Qué invento!
Con sus preciosas variantes.)
Y, hala:
hasta la próxima partida,
hasta la próxima vez...
Y a gozar la victoria,
los himnos, las banderas,
los desfiles, ya sabéis...
y a honrar a aquellos
que cayeron para lograr
barrer del tablero,
de la vida, del mundo,
al otro, al enemigo,
al que le disputaba,
hay que ver,
el dominio...
(¡Y encima le hacen un monumento
al peón desconocido!)
¿Y os habéis
fijado en esa forma
de zulo, de prisión, de trampa
de las casillas del tablero?
Pero ahora que pienso:
a esto
cómo le llamo ajedrez poético...
¿Qué tiene de poético
la lucha por el dominio,
el juego por el dominio,
el ajedrez?
¡El Concierto de Ajedrez!...
(Si me leyera Joaquín Rodrigo,
tan poético él...)
Comprendo, lo comprendo:
he de cambiar el título
del poema, del manifiesto
(porque toda LIZANIA
es un manifiesto...).
Ya sé:
lo voy a llamar
el ajedrez político,
del mundo real político
del que es copia y reflejo.
Y, claro, vamos a ver:
así, de partida en partida,
de jaque en jaque,
de un reino a otro reino,
cuándo podremos ser
únicos y compañeros.
Nada de ajedrez,
nada de tableros
ni peones ni torres
ni reinas ni rey
ni alfiles ni caballos...
todos compañeros.
Y acabemos de una vez
con este juego de dominio.
Y es que, además, cuidado:
el blanco y el negro,
las blancas y las negras...
ya sabéis: esos nombres,
que si los malos y los buenos,
que si las derechas y las izquierdas,
que si los fieles y los infieles,
que si el enemigo o los nuestros...
¡Mi madre! ¡Qué tablero!
Ah, y el cielo y el infierno... O sea:
la locura de la Razón
no tiene remedio...
Y el cuerpo
prisionero del «alma»
y el «alma» prisionera
del cuerpo.
Y todos convertidos
en fragmentos
de la red del dominio.
«Lo social», ¡el Tablero!
El ajedrez humano
también es un invento...
Lo inventó la Razón.
Qué ridícula la lucha por el poder
en las otras especies...
¿Para esto?
Y venga dominantes y dominados
y venga la ruleta,
el juego
de la locura. Eso sí:
un juego estético,
retórico y simbólico
y mitológico.
El ajedrez:
qué poemo...

(El ingenioso libertario Lizanote de la Acracia o la conquista de la inocencia)





09 enero, 2014

¿Locura? ¡Buena locura!... ¿Con una chica como ésa?




Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo 
se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto 
con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca 
paralela a este plano, para dar paso a una nueva 
perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea 
quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose 
y poniendo la mano izquierda en una de las partes 
verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se 
está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. 
Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos 
elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el 
anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que 
cualquiera otra combinación producirá formas quizá más 
bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una 
planta baja a un primer piso.

Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de 
costado resultan particularmente incómodas. La actitud 
natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando 
sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los 
ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al 
que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir 
una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo 
situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o 
gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el 
escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para 
abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la 
izquierda (también llamada pie, pero que no ha de 
confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura 
del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo 
peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el 
primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son 
siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación 
necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie 
hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no 
levantar al mismo tiempo el pie y el pie).

Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir 
alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el 
final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero 
golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá 
hasta el momento del descenso.


Julio Cortázar (Instrucciones para subir una escalera)









06 enero, 2014

Trapecista de las agujas de tu reloj.




Estoy aquí de paso,

Yo soy un pasajero,

No quiero llevarme nada,

Ni usar el mundo de cenicero.

Estoy aquí sin nombre,

Y sin saber mi paradero.

Me han dado alojamiento en el más antiguo

De los viveros.

Si quisiera regresar,

Ya no sabría hacia dónde,

Pregunto al jardinero,

Y el jardinero no me responde.

Hay gente que es de un lugar,

No es mi caso.

Yo estoy aquí, de paso.

El mar moverá la luna,

O la luna a las mareas.

Se nace lo que se es

O se será aquello lo que se crea.

Yo estoy aquí perplejo,

No soy más que todo oídos

Me quedo con mucha suerte

Tres mil millones de mis latidos

Si quisiera regresar

Ya no sabría hacia cuándo

El mismo jardinero debe estárselo preguntando.

Hay gente que es de un lugar

No es mi caso.

Yo estoy aquí

Yo estoy aquí, de paso.

Yo estoy aquí, de paso.



Jorge Drexler  (Tres Mil Millones de Latidos)








05 enero, 2014

Bailando con radioactividad.




Me dijeron que en el Reino del Revés
nada el pajaro y vuela el pez,
que los gatos no hacen miau y dicen yes
porque estudian mucho inglés.
Me dijeron que en el Reino del Revés
nadie baila con los pies,
que un ladrón es vigilante y otro es juez
y que dos y dos son tres.
Me dijeron que en el Reino del Revés
cabe un oso en una nuez,
que usan barbas y bigotes los bebés
y que un año dura un mes.
Me dijeron que en el Reino del Revés
hay un perro pekinés
que se cae para arriba y una vez
no pudo bajar después.
Me dijeron que en el Reino del Revés
un señor llamado Andrés
tiene 1.530 chimpancés
que si miras no los ves.
Me dijeron que en el Reino del Revés
una araña y un ciempies
van montados al palacio del marqués
en caballos de ajedrez.
Vamos a ver como es
el Reino del Revés.








02 enero, 2014

Las lágrimas de la imaginación del alma.




No está escrito en ningún sitio que la piel quiera ser envenenada, 
ni que prefiera la tinta, a la limpieza original. No está escrito que 
la voluntad tenga derecho a imponerse sobre la naturaleza. Ni que 
las mujeres quieran vivir grabadas en los brazos de unos hombres, 
que tal vez, algún día, no serán suyos. Nadie sabe si es del todo 
lícito imponerse una condena, una marca, un estigma. No está 
escrito que sea justo que el dolor se premie, ni que la moda o el 
adorno o el capricho tengan por qué mezclarse con el alma. No 
hay razón para atarse a un símbolo cuya trascendencia puede ser 
transitoria y su presencia permanente. Nadie nos obliga, ni puede 
obligarnos, a decir para siempre.

Y sin embargo más de una vez lo decimos. Y más de una vez nos 
manchamos la piel, con la tinta de una idea, de un presagio, de 
una certeza, que después se olvida, de un amor que después se 
pierde, o se arruina, de una emoción que creímos duradera, pero 
que al final, por más que nos neguemos a verlo, estaba de paso. Se 
van quedando los días, que ya fueron, en la piel, y al mirar atrás, 
son las marcas las que nos recuerdan aquello que fuimos.

Tal vez en algún momento soñemos con escapar de esta condena, 
porque al querer ser otros, nos condenamos irremediablemente a 
ser lo que ahora somos. Y pesa. ¿Pero acaso no pesan también los 
besos, las palabras que dijimos, el daño que hicimos y el que nos 
hicieron, acaso no pesa también la historia invisible que 
arrastramos?

No sólo existe lo que puede verse, existe también lo que se intuye, 
lo que se promete, lo que se da, existe lo robado y lo que no 
conseguimos robar.

La vida se amontona en los márgenes de la piel señalada y la piel 
señalada, se va convirtiendo en una nota al pie de la página de 
nuestra historia.

¿Qué dicen los versos de amor cuando el amor se ha ido, a quién 
le hablan, qué explican exactamente? ¿De qué o de quién hablan 
las canciones del pasado? ¿Qué fue de la furia, del rencor, del 
entusiasmo, del champán y su resaca? ¿En qué momento nos 
dimos cuenta, de que nada de lo nuestro, era nuestro para 
siempre?

La piel recuerda. Y en la temporada de las lluvias, no se borran 
nunca todos los caminos de vuelta a casa. La piel recuerda un 
tiempo anterior a la tinta, antes de ser señalada, y recuerda, un 
tiempo de soledad, antes de ser amada, aunque a menudo no 
recuerde con precisión el motivo de todo lo sucedido.

Las señales que dejamos nos permiten reconstruir las cosas que 
rompimos. Se avanza a tientas por el pasado, y aunque no todas 
las piezas encajan, y algunas ni aparecen, poco a poco, se 
reconoce un olor, un momento, una noche, o el color de sus ojos. 
Las señales que dejamos en la piel, nos traen algunas de las cosas 
que tuvimos, que fueron nuestras, cuando el tiempo no existía, y 
la memoria no era necesaria.

Porque puede ser que nada se recuerde, pero también puede ser 
que el amor se empeñe en pelear contra el olvido, como un 
boxeador sonado y persistente. Puede ser que los días se 
sobrepongan al rigor de los días, que todo se sume y se amontone, 
que nada se pierda del todo. Y puede ser que la piel quiera 
recordar después de todo, los nombres de las mujeres amadas, y 
las causas de todas las batallas, ganadas, o perdidas, y que los 
pasos en la nieve no se vayan con la nieve. No es imposible, que lo 
que pareció arrogancia o locura termine por dar fé de lo que 
fuimos, y que nuestras manos se llenen, cuando ya no esperemos 
nada, de nuestros pasados y, tal vez, de otros futuros.

No puede descartarse que en algún momento, recuperemos el 
orgullo y el sabor de lo vivido. No puede descartarse que volvamos 
sobre nuestros pasos, que reencontremos el sentido a lo perdido, 
ni debería ser imposible, y seguramente lo sea, que llegado el día, 
volvamos a entender el código cifrado de nuestra piel, el mensaje 
en la botella que lanzamos hace mucho, mucho años.

Puede ser, incluso, que al final del camino, volvamos a hacer las 
paces con el tiempo y empecemos a entender, de nuevo, como 
niños que recuerdan donde escondieron sus tesoros, nuestros 
propios tatuajes.


Ray Loriga  (Lo que la piel no dice)