La ventana de mis ojos

Espacio de una memoria desajustada.


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16 agosto, 2014

[ºIº] - - - - - - - - (OjO)





Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana 
después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su 
cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba 
tumbado sobre su espalda dura, y en forma de 
caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un 
vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras 
en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas 
podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al 
suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en 
comparación con el resto de su tamaño, le vibraban 
desamparadas ante los ojos.

«¿Qué me ha ocurrido?», pensó.



Franz Kafka (La metamorfosis)





21 mayo, 2014

¿Qué estás haciendo aquí tan tarde?





     Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que 
también pueden servir para la salvación. He aquí la 
prueba:

      Para guardarse del canto de las sirenas, Ulises tapó 
sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la 
nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era 
ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo 
mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las 
sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo 
traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría 
hecho saltar prisiones mas fuertes que mástiles y 
cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna 
vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por 
completo en aquel puñado de cera y en el manojo de 
cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas,
navegó en pos de las sirenas con inocente alegría. 

      Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho 
más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en 
realidad, pero es probable que alguien se hubiera 
salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su 
silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse 
a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias 
fuerzas. 

      En efecto, las terribles seductoras no cantaron 
cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel 
enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el 
espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien 
sólo pensaba en ceras y cadenas les hizo olvidar toda 
canción.

      Ulises, (para expresarlo de alguna manera) no oyó el 
silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que 
sólo él se hallaba a salvo. Fugazmente, vio primero las 
curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos 
llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que 
todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de 
él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las 
sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y 
precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no 
supo mas acerca de ellas.

      Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se 
contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al 
viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no 
pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un 
momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.

     Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían 
desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y 
Ulises escapó.

      La tradición añade un comentario a la historia. Se 
dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso 
los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su 
fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la 
mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las 
sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y 
para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.

Franz Kafka   (El silencio de las sirenas)
















09 enero, 2014

¿Locura? ¡Buena locura!... ¿Con una chica como ésa?




Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo 
se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto 
con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca 
paralela a este plano, para dar paso a una nueva 
perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea 
quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose 
y poniendo la mano izquierda en una de las partes 
verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se 
está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. 
Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos 
elementos, se sitúa un tanto más arriba y adelante que el 
anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que 
cualquiera otra combinación producirá formas quizá más 
bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una 
planta baja a un primer piso.

Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de 
costado resultan particularmente incómodas. La actitud 
natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando 
sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los 
ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al 
que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir 
una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo 
situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o 
gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el 
escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para 
abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la 
izquierda (también llamada pie, pero que no ha de 
confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura 
del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo 
peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el 
primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son 
siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación 
necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie 
hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no 
levantar al mismo tiempo el pie y el pie).

Llegado en esta forma al segundo peldaño, basta repetir 
alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el 
final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero 
golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá 
hasta el momento del descenso.


Julio Cortázar (Instrucciones para subir una escalera)









23 noviembre, 2013

Su punto de vista ... cayó a la mar





Como era pigmeo y amarillo y de facciones agradables

y como era listo y no estaba dispuesto a ser torturado

en un campo de trabajo o en una celda acolchada

me metieron en el interior de este platillo volante

y me dijeron vuela y encuentra tu destino. ¿Pero qué

destino iba a encontrar? La maldita nave parecía

el holandés errante por los cielos del mundo, como si

huir quisiera de mi minusvalía, de mi singular

esqueleto: un escupitajo en la cara de la Religión,

un hachazo de seda en la espalda de la Felicidad,

sustento de la Moral y de la Ética, la escapada hacia adelante

de mis hermanos verdugos y de mis hermanos desconocidos.

Todos finalmente humanos y curiosos, todos huérfanos y

jugadores ciegos en el borde del abismo. Pero todo eso

en el platillo volador no podía sino serme indiferente.

O lejano. O secundario. La mayor virtud de mi traidora especie

es el valor, tal vez la única real, palpable hasta las lágrimas

y los adioses. Y valor era lo que yo demandaba encerrado en

el platillo, asombrando a los labradores y a los borrachos

tirados en las acequias. Valor invocaba mientras la maldita nave

rielaba por guetos y parques que para un paseante

serían enormes, pero que para mí sólo eran tatuajes sin sentido,

palabras magnéticas e indescifrables, apenas un gesto

insinuado bajo el manto de nutrias del planeta.

¿Es que me había convertido en Stefan Zweig y veía avanzar

a mi suicida? Respecto a esto la frialdad de la nave

era incontrovertible, sin embargo a veces soñaba

con un país cálido, una terraza y un amor fiel y desesperado.

Las lágrimas que luego derramaba permanecían en la superficie

del platillo durante días, testimonio no de mi dolor, sino de

una suerte de poesía exaltada que cada vez más a menudo

apretaba mi pecho, mis sienes y caderas. Una terraza,

un país cálido y un amor de grandes ojos fieles

avanzando lentamente a través del sueño, mientras la nave

dejaba estelas de fuego en la ignorancia de mis hermanos

y en su inocencia. Y una bola de luz éramos el platillo y yo

en las retinas de los pobres campesinos, una imagen perecedera

que no diría jamás lo suficiente acerca de mi anhelo

ni del misterio que era el principio y el final

de aquel incomprensible artefacto. Así hasta la

conclusión de mis días, sometido al arbitrio de los vientos,

soñando a veces que el platillo se estrellaba en una serranía

de América y mi cadáver casi sin mácula surgía

para ofrecerse al ojo de viejos montañeses e historiadores:

Un huevo en un nido de hierros retorcidos. Soñando

que el platillo y yo habíamos concluido la danza peripatética,

nuestra pobre crítica de la Realidad, en una colisión indolora

y anónima en alguno de los desiertos del planeta. Muerte

que no me traía el descanso, pues tras corromperse mi carne

aún seguía soñando.



Roberto Bolaño (Mi vida en los tubos de supervivencia)





08 octubre, 2013

Soñando soñar.




Nunca te quejes de nadie, ni de nada,
porque fundamentalmente tu has hecho
lo que querías en tu vida.

Acepta la dificultad de edificarte a ti
mismo y el valor de empezar corrigiéndote.
El triunfo del verdadero hombre surge de
las cenizas de su error.

Nunca te quejes de tu soledad o de tu suerte,
enfréntala con valor y acéptala.
De una manera u otra es el resultado de tus actos
y prueba que tu siempre has de ganar.

No te amargues de tu propio fracaso
ni se lo cargues a otro,
acéptate ahora o seguirás justificándote
como un niño.

Recuerda que cualquier momento es
bueno para comenzar y que ninguno
es tan terrible para claudicar.

No olvides que la causa de tu presente
es tu pasado así como la causa de tu
futuro será tu presente.

Aprende de los audaces, de los fuertes,
de quien no acepta situaciones,
de quien vivirá a pesar de todo,
piensa menos en tus problemas
y más en tu trabajo y tus problemas
sin eliminarlos morirán.

Aprende a nacer desde el dolor
y a ser más grande que el más grande
de los obstáculos,
mírate en el espejo de ti mismo
y serás libre y fuerte y dejarás de ser un
títere de las circunstancias porque tu
mismo eres tu destino.

Levántate y mira el sol por las mañanas
y respira la luz del amanecer.

Tú eres parte de la fuerza de tu vida,
ahora despiértate, lucha, camina, decídete
y triunfarás en la vida;
nunca pienses en la suerte
porque la suerte es: el pretexto de los fracasados.










02 octubre, 2013

Reflejos de una reflexión.


Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; 
los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; 
nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a 
nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más 
destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el 
desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el 
rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el 
esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobre todo, la 
disposición para hacer el bien y combatir la injusticia donde 
quiera que estén.


Miguel de Cervantes











05 septiembre, 2013

Patio interior de un sueño en "Los Lirios" (1903/2013)





















Soñemos, alma, soñemos

Aprendamos, con lento estudio, a conocer lo que está 
muerto y lo que está vivo en el alma nuestra, en el alma 
española. Aprendámoslo aplicando el oído al palpitar de 
estos enojos que reclaman justicia, equidad, orden, medios 
de existencia. Apliquemos todos los sentidos a la 
observación de los estímulos que apenas nacen se 
convierten en fuerzas, de los desconsuelos que derivan 
lentamente hacia la esperanza, de la gestación que actúa 
en los senos del arte, de la industria, de la ciencia... 
Observemos cómo el pensamiento trata de buscar los 
resortes rudimentarios de la acción, y cómo la acción 
tantea su primer gesto, su primer paso.

Al examinar lo que caducó y lo que germina en el alma 
nuestra, observemos la triste ventaja que da la tradición a 
las ideas y formas de la vieja España. Las diputamos 
muertas, y vemos que no acaban de morirse. Las 
enterramos y se escapan de sus mal cerradas tumbas. 
Cuando menos se piensa, salen por ahí cadáveres que nos 
increpan con voz estertorosa, y arremeten con brío y dureza 
de huesos sin carne contra todo lo que vive, contra lo que 
quiere vivir: defendámonos. Respetando lo que la tradición 
tenga de respetable, rechacemos el espíritu mortuorio que 
en buena parte de la Nación prevalece aún, «dilettantismo» 
del morir y de toda destrucción. Tengamos propósito firme 
de adquirir vida robusta y de creer con todo el vigor y salud 
que podamos. Declaremos que es innoble y fea cosa el vivir 
con media vida, y procuremos arrojar del alma todo resabio 
ascético. Ninguna falta nos hacen sufrimientos ni martirios 
que no vengan de la Naturaleza por ley superior a nuestra 
voluntad. Lo primero que tiene que hacer el alma remozada 
es penetrarse bien de la necesidad de evitar a su cuerpo los 
enflaquecimientos y desmayos producidos por ayunos 
voluntarios o forzosos. Detestamos el frío y la desnudez; 
anhelamos el bienestar, el cómodo arreglo de todas 
nuestras horas, así las de faena como las de descanso. 
Creemos que la pobreza es un mal y una injusticia, y la 
combatiremos dentro de la estricta ley del «tuyo y mío». 
Trabajaremos metódicamente con el despabilado 
pensamiento, o con las manos hábiles, atentos siempre a 
que esta pacienzuda labor nos lleve a poseer cuanto es 
necesario para una vida modesta y feliz, con todo lo que la 
sostiene y vigoriza, con todo lo que la recrea y embellece. 
Opongamos briosamente este propósito al furor de los 
ministros de la muerte nacional, y declaremos que no nos 
matarán aunque descarguen sobre nuestras cabezas los más 
fieros golpes; que no nos acabará tampoco el desprecio 
asfixiante; que no habrá malicia que nos inutilice no rayo 
que nos parta. De todas las especies de muerte que traiga 
contra nosotros el amojamado esperpento de las viejas 
rutinas, resucitaremos.

El pesimismo que la España caduca nos predica para 
prepararnos a un deshonroso morir, ha generalizado una 
idea falsa. La catástrofe del 98 sugiere a muchos la idea de 
un inmenso bajón de la raza y de su energía. No hay tal 
bajón ni cosa que lo valga. Mirando un poco hacia lo 
pasado, veremos que, con catástrofe o sin ella, los últimos 
cincuenta años del siglo anterior marcan un progreso de 
incalculable significación, progreso puramente espiritual 
escondido en la vaguedad de las costumbres. Después del 54 
y del 68, consumadas las revoluciones que sólo alteraban la 
superficie de las cosas, el ser doméstico, digámoslo así, de 
nuestra raza, pobre y ociosa, sin trabajo interior ni política 
internacional, se caracterizaba por la delegación de toda 
vitalidad en manos del Estado. El Estado hacía y deshacía la 
existencia general. La sociedad descansaba en él para el 
sostenimiento de su consistencia orgánica, y el individuo le 
pedía la nutrición, el hogar y hasta la luz. Las clases más 
ilustradas reclamaban y obtenían el socorro del sueldo. 
Había dos noblezas, la de los pergaminos y la de los 
expedientes, y los puestos más altos de la burocracia se 
asimilaban a la grandeza de España. Un socialismo bastardo 
ponía en manos del Estado la distribución de la sopa y los 
garbanzos del pobre, de los manjares trufados del rico. Al 
olor de aquella sopa y de los buenos guisos acudía la 
juventud dorada, la plateada y la de cobre... Pues de 
entonces acá, en el lento correr de los días de la Revolución 
de Septiembre, del reinado de D. Amadeo, de la efímera 
República, de la Restauración y Regencia, se ha 
determinado una transformación radical, que ya vieron los 
despabilados, y ahora empiezan a ver los ciegos. Va siendo 
general la idea de que se puede vivir sin abonarse por medio 
de una credencial a los comederos del Estado: de éste se 
espera muy poco en el sentido de abrir caminos anchos y 
nuevos a los negocios, a la industria y a las artes. El país se 
ha mirado en el espejo de su conciencia, horrorizándose de 
verse compuesto de un rebaño de analfabetos conducido a 
la miseria por otro rebaño de abogados. Del Estado se 
espera cada día menos; cada día más del esfuerzo de las 
colectividades, de la perseverancia y agudeza del individuo. 
Detrás, o más bien debajo de la vida entera del Estado, 
alienta otra vida que remusga y crece, y adquiere savia en 
las capas internas. En cincuenta años, es incalculable el 
número de los que han aprendido a subsistir sin acercar sus 
labios a las que un tiempo fueron lozanas ubres, y hoy 
cuelgan flácidas: los españoles han crecido; comen, ya no 
maman. Aceptamos al Estado como administrador de lo 
nuestro, como regulador de la vida de relación; ya no lo 
queremos como principio vital, ni como fondista y 
posadero, ni menos como nodriza. ¿No es esto un gran 
progreso, el mayor que puede imaginarse?

Debajo de esta corteza del mundo oficial, en la cual 
campan y camparán por mucho tiempo figuras de pura, 
quizás necesaria representación, y la comparsa vistosa de 
políticos profesionales, existe una capa viva, en ignición 
creciente, que es el ser de la nación, realzado, con débil 
empuje todavía, por la virtud de sus propios intentos y 
ambiciones, vida inicial, rudimentaria, pero con un poder 
de crecimiento que pasma. Un día y otro la vemos tirar 
hacia arriba, dejando asomar por diferentes partes la 
variedad y hermosura de sus formas recién creadas. Entre 
estas formas podemos señalar las más próximas: el esfuerzo 
de la ciencia agrícola para sobreponerse a las prácticas 
rutinarias, la flamante industria en pequeñas y grandes 
manifestaciones, el arte que pretende acomodar las formas 
arcaicas al pensar amplio y al sentir generoso; señalamos 
también las más lejanas, que son la libre conciencia, el 
respeto, la disciplina, el orden mismo, la vieja espada que 
los tiempos pasados legan a los futuros. No quiera Dios que 
esta capa de formación nueva en parte somera, en parte 
profunda, suba por súbita erupción. Subirá por alzamientos 
parciales y consecutivos del terreno, sin sacudidas 
violentas, para subsistuir al suelo polvoroso y resquebrajado 
en que tiene su secular asiento en nuestro país.

Entre lo mucho que nos traen las nuevas formaciones de 
terreno, descuellan dos aspiraciones grandes, que han de 
ser las primeras que busquen la encarnación de la realidad. 
Necesitamos instrucción para nuestros entendimientos, y 
agua para nuestros campos. La superficie de esta porción de 
Europa que habitamos no es bella en todas sus partes, y es 
necesario que lo sea. Estimulan al amor las gracias y el 
sonrosado color de un rostro bello. No es fácil que amemos 
a una patria que nos muestra su cuerpo y semblante 
cubiertos de lacras lastimosas, y afeados por la sequedad y 
aspereza de la epidermis. Una nación europea no puede 
ofrecer a las miradas del mundo, en pleno siglo XX, el 
espectáculo de las estepas desnudas que dan idea de la 
ancianidad trémula, pecosa y cubierta de harapos. Preciso 
es desencantar el viejo terruño, dándole con las aguas 
corrientes, la frescura, amenidad y alegría de la juventud: 
preciso es vivificar al tierra, dándole sangre y alma, y 
vistiéndola de las naturales galas de la agricultura. No 
queremos nada que sea imagen del yermo solitario, ni 
tristeza ni sequedad de calaveras mondas. En nombre del 
bienestar público y de la belleza, inundemos las estepas 
áridas. No queremos fealdad en ninguna parte, sino 
hermosura que nos enamore de nuestros campos, para que 
en ellos podamos vivir y gozar de cuanto da la Naturaleza: 
lozanos plantíos, risueños bosques, deliciosas alquerías, 
donde hallemos el ejercicio sano y la paz del alma. Un país 
reconcentrado en poblaciones oscuras y pestilentes, es un 
enfermo de congestión crónica. La vida se estanca, la 
sangre no circula, y el tedio urbano, grave dolencia, 
estimula todos los vicios.

Como el agua a los campos, es necesaria la educación a 
nuestros secos y endurecidos entendimientos. Han dicho 
que no deseamos instruirnos, puesto que no pedimos la 
instrucción con el ansia del hambriento que quiere pan. La 
instrucción no se pide de otro modo que por la voz, o mejor, 
por los signos de la ignorancia. El ignorante es un niño, y el 
niño no pide más que el pecho, si es chiquitín, o los 
juguetes, si es grandullón. Aguardar, para la educación de 
la criatura, a que esta diga «llévenme a la escuela que 
tengo muchas ganas de ser sabio», es fiar nuestros planes a 
la infinita pachorra de la Eternidad. Si así lo hiciéramos 
demostraríamos que los grandes somos tan cerriles como los pequeños.

Procuremos grandes y chicos instruirnos y civilizarnos, 
persiguiendo las tinieblas que el que menos y el que más 
llevan dentro de su caletre. El cerebro español necesita más 
que otro alguno de limpiones enérgicos para que no quede 
huella de las negruras heredadas o adquiridas en la infancia. 
Y al paso que nos instruimos, cuidémonos mucho de no ser 
presumidos ni envidiosos, que el orgullo y el desagrado del 
bien ajeno son dos feísimas excrecencias adheridas a 
nuestro ser, que piden un formidable esfuerzo para ser 
arrancadas y arrojadas al fuego como yerba dañosa. La 
presunción es cosa muy mala, pero todavía que el desprecio 
de nosotros mismos, cuando nos da por creer que somos 
unos bárbaros incapaces de benignos sentimientos, de 
cultura y de vivir en paz unos con otros. Ni esto sirve para 
nada, ni menos el suponernos únicos poseedores de la 
verdad, y los más bonitos, los más agudos que en el mundo 
existen. El odioso remate de estos defectos es la pálida 
envidia, que nos priva del goce de admirar al que por su 
ingenio, por su perseverancia o por otra virtud está más 
alto que nosotros. Seamos modestos, y aprendamos a no 
estirar la pierna de nuestras iniciativas más allá de lo que 
alcanza la sábana de nuestras facultades. Hagamos cada 
cual, dentro de la propia esfera, lo que sepamos y podamos: 
el que pueda mucho, mucho; poquito el que poquito pueda, 
y el que no pueda nada, o casi nada, estése callado y 
circunspecto viendo la labor de los demás. 
Acostumbrémonos a rematar cumplidamente, con plena 
conciencia, todo lo que emprendamos; no dejemos a medias 
lo que reclama el acabamiento de todas sus partes para ser 
un conjunto orgánico, lógico, eficaz, y conservémonos 
dentro de la esfera propia, aunque sea de las secundarias, 
sin intentar colarnos en las superiores, que ya tienen sus 
legítimos ocupantes. Cada cual en su puesto, cada cual en 
su obligación, con el propósito de cumplirla estrictamente, 
será la redención única y posible, poniendo sobre todo, el 
anhelo, la convicción firme de un vivir honrado y dichoso, 
en perfecta concordancia con el bienestar y la honradez de 
los demás.

¿Es esto soñar? ¡Desgraciado el pueblo que no tiene algún 
ensueño constitutivo y crónico, norma para la realidad, 
jalón plantado en las lejanías de su camino!


Benito Pérez Galdós  (Noviembre de 1903)