La ventana de mis ojos

Espacio de una memoria desajustada.


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01 diciembre, 2013

Los acantilados infinitos del momento...




























No vi a Manoa,
no hallé sus torres en el aire,
ningún indicio de sus piedras.
Seguí el cortejo de las sombras ilusorias que dibujan sus mapas,
crucé el río de los tigres y el hervor del silencio en los pantanos,
nada vi parecido a Manoa ni a su leyenda.
Anduve absorto detrás del arco iris
que se curva hacia el sur y no se alcanza,
Manoa no estaba allí, quedaba a leguas de esos mundos,
siempre más lejos.
Yo fatigado de buscarla me detengo
qué me importa el hallazgo de sus torres?
Manoa no fue cantada como Troya, ni cayó en sitio,
ni grabó sus paredes con hexámetros,
Manoa no es un lugar sino un sentimiento,
a veces es como un rostro, un paisaje, una calle,
su sol de pronto resplandece.
Toda mujer que amamos
se vuelve Manoa sin darnos cuenta.
Manoa es la otra luz del horizonte,
quién sueña puede divisarla, va en camino,
pero quién ama ya llegó, ya vive en ella.

Eugenio Montejo  (Manoa)





15 noviembre, 2013

Tablero para un alfil eliminado































LA VERDAD EN LA FERIA

Polvos de no envejecer
Pregonaba en una feria
Un hombre de mejor traza
Que tienen por común regla
Los que a explotar se dedican
La credulidad ajena.

Unos por ver cómo miente,
Otros por ver qué revela,
Los más sin saber por qué,
En gran número le cercan.
El repite su pregón
Diciendo que la experiencia
Excepción no ha presentado
Ninguna, grande o pequeña,
Que la admirable eficacia
De aquellos polvos desmienta.

Crece la curiosidad,
Crece la bulla y la gresca,
Unos empujan y ríen
En tanto que otros reniegan;

En fin, otros impacientes
Sacan algunas monedas
Y al punto en cambio reciben
De los polvos la receta.

Desdobláronla curiosos
E impacientes de leerla.

Decía así: «Corporal
La gallardía y la fuerza,
Los atractivos y encantos
De eso que llaman belleza

Gócese mientras se tiene,
Mas siempre en poco se tenga,
Que en breve el tiempo la arrastra
Como el viento una hoja seca.

Mas la hermosura del alma
El tiempo no se la lleva.

Quien aprende lo que es útil
Y lo que sabe aprovecha,
Quien conforme a su aptitud
Cultiva el arte o la ciencia,

Quien de las malas pasiones
El perverso instinto enfrena,
La felicidad buscando
Donde estar puede, en las buenas,

Sus atractivos hará
Que estén del tiempo a la prueba,
Y aquí de no envejecer
El gran secreto se encierra.

La gente que se esperaba
Hallar cosas estupendas
Grita del chasco corrida:
«¡Pues trae noticias frescas!
¿Y por esto el gran bribón
Nuestro dinero nos lleva?»

Enarbolan los garrotes,
Amenázanle con piedras,
El hombre ya intimidado
Les devuelve las monedas
Y huyendo la silba y grita
Vase a la casa más cerca.

Era el amo hombre discreto
De buen juicio y alma recta,
Y acogiéndole benigno
Le dijo de esta manera:

«¡Pero hombre de mis pecados!
¿Habéis tenido la idea
De dar al pueblo razones
Cuando prodigios desea
Y creído que a pagarlas
Iba en corriente moneda?

Dijérais que vuestros polvos
Se hacían con unas yerbas
Que crecen en las orillas
De un río que corre en Persia,

Mezclando el asta de un ciervo
Que viene de Filadelfia,
El pico de un avestruz,
El diente de una culebra,

Y una lava portentosa
Que de Islandia se acarrea,
Cogida con grave riesgo
De los cráteres del Yecla.

Con estos y otros dislates
Quedara muy satisfecha
La gente, buscara luego
El pico, el diente, las yerbas

Y el mineral, por boticas,
Por droguerías y tiendas,
Y vos quedarais pagado
Dejándola así contenta.»

«¿Y después?. «Se iban a casa».
«¿Y yo?». «Ibais a otra feria».
«¿Que debe mentirse al vulgo
Sacáis en consecuencia?»

«No lo digo hablando en serio
Aunque tal vez lo merezca,
Ya que aplaude al que le engaña
Y escarnece al que le enseña.

Mas digo que la razón,
Y esto propio afirma ella,
Es género poco usado
Que no halla en la plaza venta,
Y reservarle es cordura
Para alguno que le quiera.»

«¿Y vivir oscurecido
Y tal vez en la miseria?»
«Es posible». «¿Y presenciar
De un impostor la opulencia?»

Posible también». «¿Y ver
Cómo una inmoral leyenda
En que el misterio del crimen
Con cinismo se revela,

Una historia monstruosa
De insulsas fábulas llena,
Un drama que ni el pudor
Ni el buen sentido respeta,

Otro que acordarnos hace
Del gran cerco de Viena
A sus autores procuran
Honores, fama y hacienda,
Mientras oscuro y hambriento
Sucumbe un hombre de ciencia?

Yo creí que la excepción
Esa que decís fuera
Y lo juzgo todavía.»
«Pues amigo, no, es la regla.»

«¿Y pensáis que tal desorden
Mucho tiempo durar pueda?»
«No sólo temo que dure.»
«¿Pues qué teméis?» «Que crezca.

¿Por ventura se estimula
Con honores ni riquezas
Al que en útiles estudios
Consume su vida entera?

¿Por ventura se persigue,
Ni aun en la forma indirecta,
Al que especula en decir
Lo que ignorarse debiera,

Y del crimen al formar
La escandalosa epopeya,
No bastándole copiar
Fecundo en maldad inventa?

¿Por ventura en este siglo
Son tan vivas las creencias
Que se haga el bien por el bien
Sin esperar recompensa,
Y se rehúse del mal
La lucrativa carrera?

Mientras los hombres de estado,
Los que dicen que gobiernan,
De lo que es gobierno y orden
No se formen otra idea;

Mientras juzgue inapreciable
A todo escritor la venta
Que desdeña lo que instruye
Y busca lo que deleita;

Mientras triunfe la ignorancia
Y trocadas las ideas
La libertad de hacer mal
Llamada libertad sea,

No faltará quien explote
Mina de tan rica vena,
Ni quien verdades se calle,
Ni quien por dinero mienta,
Ni quien tome la lección
Que a usted le han dado en la feria.»



Concepción Arenal






05 septiembre, 2013

Patio interior de un sueño en "Los Lirios" (1903/2013)





















Soñemos, alma, soñemos

Aprendamos, con lento estudio, a conocer lo que está 
muerto y lo que está vivo en el alma nuestra, en el alma 
española. Aprendámoslo aplicando el oído al palpitar de 
estos enojos que reclaman justicia, equidad, orden, medios 
de existencia. Apliquemos todos los sentidos a la 
observación de los estímulos que apenas nacen se 
convierten en fuerzas, de los desconsuelos que derivan 
lentamente hacia la esperanza, de la gestación que actúa 
en los senos del arte, de la industria, de la ciencia... 
Observemos cómo el pensamiento trata de buscar los 
resortes rudimentarios de la acción, y cómo la acción 
tantea su primer gesto, su primer paso.

Al examinar lo que caducó y lo que germina en el alma 
nuestra, observemos la triste ventaja que da la tradición a 
las ideas y formas de la vieja España. Las diputamos 
muertas, y vemos que no acaban de morirse. Las 
enterramos y se escapan de sus mal cerradas tumbas. 
Cuando menos se piensa, salen por ahí cadáveres que nos 
increpan con voz estertorosa, y arremeten con brío y dureza 
de huesos sin carne contra todo lo que vive, contra lo que 
quiere vivir: defendámonos. Respetando lo que la tradición 
tenga de respetable, rechacemos el espíritu mortuorio que 
en buena parte de la Nación prevalece aún, «dilettantismo» 
del morir y de toda destrucción. Tengamos propósito firme 
de adquirir vida robusta y de creer con todo el vigor y salud 
que podamos. Declaremos que es innoble y fea cosa el vivir 
con media vida, y procuremos arrojar del alma todo resabio 
ascético. Ninguna falta nos hacen sufrimientos ni martirios 
que no vengan de la Naturaleza por ley superior a nuestra 
voluntad. Lo primero que tiene que hacer el alma remozada 
es penetrarse bien de la necesidad de evitar a su cuerpo los 
enflaquecimientos y desmayos producidos por ayunos 
voluntarios o forzosos. Detestamos el frío y la desnudez; 
anhelamos el bienestar, el cómodo arreglo de todas 
nuestras horas, así las de faena como las de descanso. 
Creemos que la pobreza es un mal y una injusticia, y la 
combatiremos dentro de la estricta ley del «tuyo y mío». 
Trabajaremos metódicamente con el despabilado 
pensamiento, o con las manos hábiles, atentos siempre a 
que esta pacienzuda labor nos lleve a poseer cuanto es 
necesario para una vida modesta y feliz, con todo lo que la 
sostiene y vigoriza, con todo lo que la recrea y embellece. 
Opongamos briosamente este propósito al furor de los 
ministros de la muerte nacional, y declaremos que no nos 
matarán aunque descarguen sobre nuestras cabezas los más 
fieros golpes; que no nos acabará tampoco el desprecio 
asfixiante; que no habrá malicia que nos inutilice no rayo 
que nos parta. De todas las especies de muerte que traiga 
contra nosotros el amojamado esperpento de las viejas 
rutinas, resucitaremos.

El pesimismo que la España caduca nos predica para 
prepararnos a un deshonroso morir, ha generalizado una 
idea falsa. La catástrofe del 98 sugiere a muchos la idea de 
un inmenso bajón de la raza y de su energía. No hay tal 
bajón ni cosa que lo valga. Mirando un poco hacia lo 
pasado, veremos que, con catástrofe o sin ella, los últimos 
cincuenta años del siglo anterior marcan un progreso de 
incalculable significación, progreso puramente espiritual 
escondido en la vaguedad de las costumbres. Después del 54 
y del 68, consumadas las revoluciones que sólo alteraban la 
superficie de las cosas, el ser doméstico, digámoslo así, de 
nuestra raza, pobre y ociosa, sin trabajo interior ni política 
internacional, se caracterizaba por la delegación de toda 
vitalidad en manos del Estado. El Estado hacía y deshacía la 
existencia general. La sociedad descansaba en él para el 
sostenimiento de su consistencia orgánica, y el individuo le 
pedía la nutrición, el hogar y hasta la luz. Las clases más 
ilustradas reclamaban y obtenían el socorro del sueldo. 
Había dos noblezas, la de los pergaminos y la de los 
expedientes, y los puestos más altos de la burocracia se 
asimilaban a la grandeza de España. Un socialismo bastardo 
ponía en manos del Estado la distribución de la sopa y los 
garbanzos del pobre, de los manjares trufados del rico. Al 
olor de aquella sopa y de los buenos guisos acudía la 
juventud dorada, la plateada y la de cobre... Pues de 
entonces acá, en el lento correr de los días de la Revolución 
de Septiembre, del reinado de D. Amadeo, de la efímera 
República, de la Restauración y Regencia, se ha 
determinado una transformación radical, que ya vieron los 
despabilados, y ahora empiezan a ver los ciegos. Va siendo 
general la idea de que se puede vivir sin abonarse por medio 
de una credencial a los comederos del Estado: de éste se 
espera muy poco en el sentido de abrir caminos anchos y 
nuevos a los negocios, a la industria y a las artes. El país se 
ha mirado en el espejo de su conciencia, horrorizándose de 
verse compuesto de un rebaño de analfabetos conducido a 
la miseria por otro rebaño de abogados. Del Estado se 
espera cada día menos; cada día más del esfuerzo de las 
colectividades, de la perseverancia y agudeza del individuo. 
Detrás, o más bien debajo de la vida entera del Estado, 
alienta otra vida que remusga y crece, y adquiere savia en 
las capas internas. En cincuenta años, es incalculable el 
número de los que han aprendido a subsistir sin acercar sus 
labios a las que un tiempo fueron lozanas ubres, y hoy 
cuelgan flácidas: los españoles han crecido; comen, ya no 
maman. Aceptamos al Estado como administrador de lo 
nuestro, como regulador de la vida de relación; ya no lo 
queremos como principio vital, ni como fondista y 
posadero, ni menos como nodriza. ¿No es esto un gran 
progreso, el mayor que puede imaginarse?

Debajo de esta corteza del mundo oficial, en la cual 
campan y camparán por mucho tiempo figuras de pura, 
quizás necesaria representación, y la comparsa vistosa de 
políticos profesionales, existe una capa viva, en ignición 
creciente, que es el ser de la nación, realzado, con débil 
empuje todavía, por la virtud de sus propios intentos y 
ambiciones, vida inicial, rudimentaria, pero con un poder 
de crecimiento que pasma. Un día y otro la vemos tirar 
hacia arriba, dejando asomar por diferentes partes la 
variedad y hermosura de sus formas recién creadas. Entre 
estas formas podemos señalar las más próximas: el esfuerzo 
de la ciencia agrícola para sobreponerse a las prácticas 
rutinarias, la flamante industria en pequeñas y grandes 
manifestaciones, el arte que pretende acomodar las formas 
arcaicas al pensar amplio y al sentir generoso; señalamos 
también las más lejanas, que son la libre conciencia, el 
respeto, la disciplina, el orden mismo, la vieja espada que 
los tiempos pasados legan a los futuros. No quiera Dios que 
esta capa de formación nueva en parte somera, en parte 
profunda, suba por súbita erupción. Subirá por alzamientos 
parciales y consecutivos del terreno, sin sacudidas 
violentas, para subsistuir al suelo polvoroso y resquebrajado 
en que tiene su secular asiento en nuestro país.

Entre lo mucho que nos traen las nuevas formaciones de 
terreno, descuellan dos aspiraciones grandes, que han de 
ser las primeras que busquen la encarnación de la realidad. 
Necesitamos instrucción para nuestros entendimientos, y 
agua para nuestros campos. La superficie de esta porción de 
Europa que habitamos no es bella en todas sus partes, y es 
necesario que lo sea. Estimulan al amor las gracias y el 
sonrosado color de un rostro bello. No es fácil que amemos 
a una patria que nos muestra su cuerpo y semblante 
cubiertos de lacras lastimosas, y afeados por la sequedad y 
aspereza de la epidermis. Una nación europea no puede 
ofrecer a las miradas del mundo, en pleno siglo XX, el 
espectáculo de las estepas desnudas que dan idea de la 
ancianidad trémula, pecosa y cubierta de harapos. Preciso 
es desencantar el viejo terruño, dándole con las aguas 
corrientes, la frescura, amenidad y alegría de la juventud: 
preciso es vivificar al tierra, dándole sangre y alma, y 
vistiéndola de las naturales galas de la agricultura. No 
queremos nada que sea imagen del yermo solitario, ni 
tristeza ni sequedad de calaveras mondas. En nombre del 
bienestar público y de la belleza, inundemos las estepas 
áridas. No queremos fealdad en ninguna parte, sino 
hermosura que nos enamore de nuestros campos, para que 
en ellos podamos vivir y gozar de cuanto da la Naturaleza: 
lozanos plantíos, risueños bosques, deliciosas alquerías, 
donde hallemos el ejercicio sano y la paz del alma. Un país 
reconcentrado en poblaciones oscuras y pestilentes, es un 
enfermo de congestión crónica. La vida se estanca, la 
sangre no circula, y el tedio urbano, grave dolencia, 
estimula todos los vicios.

Como el agua a los campos, es necesaria la educación a 
nuestros secos y endurecidos entendimientos. Han dicho 
que no deseamos instruirnos, puesto que no pedimos la 
instrucción con el ansia del hambriento que quiere pan. La 
instrucción no se pide de otro modo que por la voz, o mejor, 
por los signos de la ignorancia. El ignorante es un niño, y el 
niño no pide más que el pecho, si es chiquitín, o los 
juguetes, si es grandullón. Aguardar, para la educación de 
la criatura, a que esta diga «llévenme a la escuela que 
tengo muchas ganas de ser sabio», es fiar nuestros planes a 
la infinita pachorra de la Eternidad. Si así lo hiciéramos 
demostraríamos que los grandes somos tan cerriles como los pequeños.

Procuremos grandes y chicos instruirnos y civilizarnos, 
persiguiendo las tinieblas que el que menos y el que más 
llevan dentro de su caletre. El cerebro español necesita más 
que otro alguno de limpiones enérgicos para que no quede 
huella de las negruras heredadas o adquiridas en la infancia. 
Y al paso que nos instruimos, cuidémonos mucho de no ser 
presumidos ni envidiosos, que el orgullo y el desagrado del 
bien ajeno son dos feísimas excrecencias adheridas a 
nuestro ser, que piden un formidable esfuerzo para ser 
arrancadas y arrojadas al fuego como yerba dañosa. La 
presunción es cosa muy mala, pero todavía que el desprecio 
de nosotros mismos, cuando nos da por creer que somos 
unos bárbaros incapaces de benignos sentimientos, de 
cultura y de vivir en paz unos con otros. Ni esto sirve para 
nada, ni menos el suponernos únicos poseedores de la 
verdad, y los más bonitos, los más agudos que en el mundo 
existen. El odioso remate de estos defectos es la pálida 
envidia, que nos priva del goce de admirar al que por su 
ingenio, por su perseverancia o por otra virtud está más 
alto que nosotros. Seamos modestos, y aprendamos a no 
estirar la pierna de nuestras iniciativas más allá de lo que 
alcanza la sábana de nuestras facultades. Hagamos cada 
cual, dentro de la propia esfera, lo que sepamos y podamos: 
el que pueda mucho, mucho; poquito el que poquito pueda, 
y el que no pueda nada, o casi nada, estése callado y 
circunspecto viendo la labor de los demás. 
Acostumbrémonos a rematar cumplidamente, con plena 
conciencia, todo lo que emprendamos; no dejemos a medias 
lo que reclama el acabamiento de todas sus partes para ser 
un conjunto orgánico, lógico, eficaz, y conservémonos 
dentro de la esfera propia, aunque sea de las secundarias, 
sin intentar colarnos en las superiores, que ya tienen sus 
legítimos ocupantes. Cada cual en su puesto, cada cual en 
su obligación, con el propósito de cumplirla estrictamente, 
será la redención única y posible, poniendo sobre todo, el 
anhelo, la convicción firme de un vivir honrado y dichoso, 
en perfecta concordancia con el bienestar y la honradez de 
los demás.

¿Es esto soñar? ¡Desgraciado el pueblo que no tiene algún 
ensueño constitutivo y crónico, norma para la realidad, 
jalón plantado en las lejanías de su camino!


Benito Pérez Galdós  (Noviembre de 1903)








23 junio, 2013

Recuerdos de Titania y Oberon




















El poniente impecable en esplendores
quebró a filo de espada las distancias.
Suave como un sauzal está la noche.
Rojos chisporrotean
los remolinos de las bruscas hogueras;
leña sacrificada
que se desangra en altas llamaradas,
bandera viva y ciega travesura.
La sombra es apacible como una lejanía;
hoy las calles recuerdan
que fueron campo un día.
Toda la santa noche la soledad rezando
su rosario de estrellas desparramadas.


Jorge Luis Borges  (Noche de San Juan)



29 abril, 2013

Paisaje de hoy





















El poeta le cuenta su vida primero a los hombres;
después, cuando los hombres se duermen, a los pájaros;
más tarde, cuando los pájaros se van, se la cuenta
a los árboles…
Luego pasa el Viento y hay un murmullo de frondas.
Y esto me ha dicho el Viento:
que el pavo real levante la cola y extienda su abanico,
el poeta debe moverse sólo las plumas de sus alas.
Todo lo cual se puede traducir también de esta manera:
lo que cuento a los hombres está lleno de orgullo;
lo que cuento a los pájaros, de música;
lo que cuento a los árboles, de llanto.
Y todo es una canción compuesta para el Viento,
de la cual, después, este desmemoriado y único espectador
apenas podrá recordar unas palabras.
Pero estas palabras que recuerde son las que no
olvidan nunca las piedras.

León Felipe 





11 septiembre, 2012

Posiblemente... uno mas de la tribu




Discurso de José Mujica, Presidente del Uruguay, en la Cumbre Río+20

Río de Janeiro, Brasil, Jueves 21 de Junio de 2012

 Autoridades presentes de todas las latitudes y 
organismos, muchas gracias. Muchas gracias, nuestro  
agradecimiento   al pueblo del Brasil y a su señora  
presidenta. Y muchas   gracias a la buena fe que  
seguramente han manifestado   todos los oradores que me  
precedieron.   
Expresamos la íntima voluntad, como gobernantes, de    
acompañar todos los acuerdos que esta, nuestra pobre    
humanidad, pueda suscribir.
  Sin embargo, permítasenos hacernos algunas preguntas    
en voz alta.
  Toda la tarde se ha estado hablando del desarrollo    
sustentable y de sacar a inmensas masas de la pobreza.
  ¿Qué es lo que aletea en nuestras cabezas?
  ¿El modelo de desarrollo y de consumo, es el actual de   
las  sociedades ricas? Me hago esta pregunta: ¿qué le   
pasaría a  este planeta si los hindúes tuvieran la misma   
proporción  de autos por familia que tienen los alemanes?   
¿Cuánto  oxígeno nos quedaría para poder respirar?
 Más claro: ¿el mundo tiene los elementos hoy,   
materiales,  como para hacer  posible que 7 mil, 8 mil   
millones de  personas puedan tener el mismo grado de   
consumo y de  despilfarro que tienen las  más opulentas   
sociedades  occidentales?
¿Será posible, o tendremos que darnos algún día otro   
tipo  de discusión? Porque hemos creado una civilización   
en la  que estamos, hija del mercado, hija de la   
competencia,  que ha deparado un progreso material   
portentoso y  explosivo, pero lo que fue economía de   
mercado ha  creado sociedades de mercado y nos ha   
deparado esta  globalización – que significa mirar por todo   
el planeta – y  ¿estamos gobernando la globalización o la   
globalización  nos gobierna a nosotros?
 ¿Es posible hablar de solidaridad y de que estamos todos    
juntos en una economía que está basada en la    
competencia despiadada?
¿Hasta dónde llega nuestra fraternidad?
Nada de esto lo digo para negar la importancia de este    
evento. No. Es por el contrario. El desafío que tenemos    
por delante es de una magnitud, de carácter colosal, y la    
gran crisis no es ecológica, ¡es política!
 El hombre no gobierna hoy las fuerzas que ha desatado,    
sino que las fuerzas que ha desatado lo gobiernan al    
hombre. Y la vida.
 Porque no venimos al planeta para desarrollarnos en    
términos generales. Venimos a la vida intentando ser    
felices. Porque la vida es corta y se nos va. Y ningún bien    
vale como la vida. Y esto es elemental, pero si la vida se    
me va a escapar trabajando y trabajando para consumir    
un plus, y la sociedad de consumo es el motor, porque en    
definitiva si se paraliza el consumo o si se detiene, se    
detiene la economía, y si se detiene la economía es el    
fantasma del estancamiento para cada uno de nosotros.
  Pero ese hiperconsumo a su vez es el que está   
agrediendo  al planeta, y tiene que generar ese   
hiperconsumo cosas  que duren poco porque hay que   
vender mucho. Y una  lamparita eléctrica no puede durar   
más de mil horas  prendida. Pero hay lamparitas eléctricas   
que pueden  durar cien mil, doscientas mil horas, pero   
esas no se  pueden hacer porque el problema es el   
mercado, porque  tenemos trabajar y que tenemos que   
tener una  civilización de use y tire, y estamos en un   
círculo vicioso.
 ¡Estos son problemas de carácter político! que nos están    
diciendo la necesidad de empezar a luchar por otra    
cultura. No se trata de plantearnos volver al hombre de    
las cavernas, ni tener un monumento del atraso. Es que    
no podemos indefinidamente continuar gobernados por el    
mercado, sino que tenemos que gobernar al mercado.
  Por eso digo que el problema es de carácter político. En    
mi humilde manera de pensar. Porque los viejos    
pensadores definían – Epicuro, Séneca, los Aimara –    
“pobre no es el que tiene poco, sino verdaderamente    
pobre es el que necesita infinitamente mucho y desea y    
desea y desea más y más“. ¡Esta es una clave de carácter    
cultural!
 Entonces, voy a saludar el esfuerzo y los acuerdos que  se   
hacen. Y los voy a acompañar como gobernante,  porque   
sé que algunas cosas de las que estoy diciendo  rechinan.
 Pero tenemos que darnos cuenta.
 Que la crisis del agua, que la crisis de la agresión al  
medio ambiente, no es una causa.
  La causa es el modelo de civilización que hemos   
montado,  y lo que tenemos que revisar es nuestra forma   
de vivir.
 ¿Por qué? Pertenezco a un pequeño país muy bien  dotado   
de recursos naturales para vivir. En mi país hay  tres   
millones de habitantes, un poco más, tres millones    
doscientos. Pero hay unos trece millones de vacas de las    
mejores del mundo. Unos ocho o diez millones de ovejas    
estupendas. Mi país es exportador de comida, de lácteos,    
de carne. Es una penillanura. Casi el 90% de su  territorio   
es aprovechable.
  Mis compañeros trabajadores lucharon mucho por las    
ocho horas de trabajo y ahora están consiguiendo seis    
horas. Pero el que consigue seis hora se consigue otro    
trabajo, por tanto trabaja más que antes. ¿Por qué?    
Porque tiene que pagar una cantidad de cuotas: la motito    
que compró, el autito que compró. Y pague cuotas y    
pague cuotas. Y cuando quiere acordar es un viejo    
reumático como yo y se le fue la vida.
  Y uno se hace esta pregunta: ¿ese es el destino de la   
vida  humana?
  Estas cosas son muy elementales. El desarrollo no puede    
ser en contra de la felicidad. Tiene que ser a favor de la    
felicidad humana, del amor, arriba de la tierra, de las    
relaciones humanas, de cuidar a los hijos, de tener    
amigos, de tener lo elemental!
  Precisamente, porque eso es el tesoro más importante    
que tiene. Cuando luchamos por el medio ambiente, el    
primer elemento del medio ambiente se llama la felicidad    
humana.

   Gracias.































21 agosto, 2012

Espacio para una dimensión sin proa























Venid amigos
No es tarde
para buscar un mundo nuevo,
pues sueño con navegar
más allá del crepúsculo
y, aunque ya no tengamos
la fuerza que antaño
movió cielos y tierra,
somos lo que somos:
un mismo temple
de corazones eróticos
debilitados por el tiempo, pero
voluntariosos para luchar,
buscar y encontrar
y no rendirse.